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Enfrentarse a una pérdida. Pasar el proceso de duelo

Tras la pérdida de un familiar u otro ser querido, se inicia en las personas un proceso conocido como duelo, que consiste en el camino que cada uno de nosotros seguimos hasta que aceptamos, asimilamos y superamos dicha pérdida. Sin embargo, a pesar de todos los falsos mitos que rodean al duelo, este proceso depende de cómo seamos cada uno.

Nuestras características serán las que harán que exterioricemos o no lo que sentimos, que pidamos ayuda profesional o no, que tardemos más o menos tiempo en superarlo, que queramos compartirlo con amigos o, por el contrario, que prefiramos mantenernos aislados un tiempo, etc. Pero, seamos como seamos, en esos momentos debemos interiorizar una realidad que es inamovible, y es que esa pérdida es irreparable. Ahora bien, cómo lleguemos a interiorizarlo y cuánto tardemos, ya hemos dicho que depende de cada uno, sin existir una forma mejor, ni peor. A cada uno, lo que más le ayude.

Lo más importante en los casos de duelo, es no evitar continuamente todo aquello que nos recuerde a la persona fallecida. Con mucha facilidad, al principio nos costará ver fotos, volver a su casa o su barrio, hablar de él/ella… Es muy posible que todos estos elementos nos generen dolor, tristeza o ansiedad. No obstante, debemos hacer el esfuerzo, poco a poco, por ir tolerando estar delante de ellos y controlar esas emociones tan dolorosas.

¿Qué sentido tiene esto? La mejor manera para quitar esa carga de emocionalidad negativa, que tienen todas las cosas que nos recuerdan a la persona que falleció, es habituarnos a ellas. Conseguiremos que cada vez nos impacten menos.

De esta forma, llegará un momento en que podremos estar delante de ellas sin sentirles fobia (o, dicho coloquialmente, sin que se nos enquisten), y podremos tratar el tema con naturalidad. Debemos tener en cuenta que los recuerdos emocionales son mucho más poderosos que los recuerdos neutros; son capaces de conservar los detalles más tiempo, grabarse mejor en la memoria y venirnos de nuevo cada dos por tres, aunque intentemos no pensar en ellos. Por esto, si conseguimos neutralizar todo aquello que nos recuerda a la muerte de nuestro ser querido, podremos recordarle por el tiempo que pasamos juntos, y no únicamente por la horrible sensación que nos ha dejado al marcharse.

Nuevamente haciendo alusión a las diferencias individuales, cada persona tiene diferente capacidad para enfrentarse a los estímulos cargados de connotaciones negativas. Nadie mejor que nosotros mismos sabe qué es lo que más nos va a ayudar o cuándo debemos “salir a tomar un poco de aire” para despejarnos. No hay por qué forzar ni por qué obligarnos a conseguir algo en un momento que igual no es el adecuado. Es esencial que todo lo que hagamos esté en consonancia con lo que sentimos y con la conciencia que tengamos de qué es lo que mejor nos puede venir.

 

A. Amores

Colaborador de CENIT Psicología

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