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Los siete pecados de la memoria – Daniel L. Schacter (2011)

Nuestro sistema de memoria no es infalible, como muchos hemos podido comprobar al intentar recordar un nombre, para qué hemos ido a la cocina o quedarnos en blanco al hablar en público. Así como desde tiempos inmemoriales venimos hablando de los siete pecados capitales, la memoria igualmente tiene pequeñas fallas.

El pecado de transcurso, o los olvidos que se producen con el paso del tiempo. Ante una situación cotidiana creamos un recuerdo de ese momento. Esa imagen puede ser “casi un recuerdo literal”, pero con el paso del tiempo se van desdibujando los detalles específicos y el recuerdo se compone de descripciones genéricas.

El pecado de distractibilidad. ¿De cuánto nos damos cuenta? Nuestra capacidad de memoria requiere seleccionar aquella información que queremos que entre en nuestro cerebro. La atención es una proceso cognitivo que permite gran parte de dicha entrada de información consciente; es el foco de luz que ilumina aquello sobre lo que se centra y deja a oscuras lo de fuera.

El pecado de bloqueo, o las situaciones “quiero y no puedo”. ¿Hay algo que de más rabia que la sensación de tener un nombre en la punta de la lengua? ¿Por qué, de repente, se nos bloquea el acceso a una única palabra, solo durante un momento? Es curioso que no podamos acceder al sustantivo, pero sí tengamos disponible cómo suena (si es una palabra afilada o no), si es femenino o masculino y que podamos incluso describirla.

El pecado de la atribución errónea. Por simples leyes de asociación, relacionamos situaciones, imágenes, vivencias, etc., que han estado próximas en el tiempo o que nos recuerdan a algo que vivimos en el pasado. De este modo, el nuevo recuerdo se crea atribuyendo elementos independientes a la nueva situación.

El pecado de la sugestibilidad. ¿Somos manipulables? Muchas veces, nuestros recuerdos contienen imágenes impostadas aportadas por otros o de oírlo muchas veces. Incluso, honestamente, podemos crear falsos recuerdos.

El pecado de la propensión. Nuestro sentido de identidad y de personalidad nos lleva a creer que siempre hemos sido tal y como somos ahora. Cuando evocamos recuerdos, los solemos describir a través de nuestros conocimientos y vivencias actuales. De este modo, le damos coherencia a los que nos pasó antes, para que vaya acorde con lo que nos pasa ahora.

El pecado de persistencia, la pesadilla que continúa. Aquellas situaciones que van cargadas emocionalmente, son las que mejor recordamos. De esta manera, la memoria puede doler, el pasado puede aterrorizarnos. El alto contenido emocional de un evento traumático hace que los detalles persistan en nuestro recuerdo y no se difuminen, como si el tiempo no pasase.

A. Amores

Colaborador de CENIT Psicología

 

Fuente original:

Schacter, D. L. (2011). Los siete pecados de la memoria (4ª ed.). Barcelona, España: Ariel

 

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