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¿En los colegios hay educadores?

Cuando los alumnos no son como en los libros.

Aún sin saber muy bien por qué, la mayoría de nosotros ante un problema nos hacemos, automáticamente, la siguiente pregunta: “¿De quién es la culpa?”. Parece que tener a quien culpar nos alivia, nos da una excusa para mirar para otro lado y seguir con lo nuestro. Pero interioricemos esto: ante un problema, lo que hay que hacer es buscar su solución.

Parece ser que la Educación no pasa por su mejor momento. Independientemente de asuntos económicos y políticos, los cuales excederían las pretensiones de este artículo, la realidad es que existe un creciente número de fracaso y abandono escolar en nuestros colegios e institutos. Parecen proliferar los problemas de conducta, la falta motivación de los alumnos por aprender, los chicos y chicas suspenden hasta 6 asignaturas en cursos tan tempranos como 5º o 6º de primaria y han incrementado exageradamente los presuntos casos de TDA-H. Los educadores están en los centros para este tipo de problemas.

La importancia de los educadores

La situación ha cambiado respecto a la sociedad en la que se implantaron las pautas de nuestro sistema educativo. Las nuevas tecnologías, aunque no lo creamos, ponen a disposición de los alumnos una grandísima cantidad de información y de un modo mucho más interesante que la forma en la que lo transmiten los profesores. Además, estimulan a los niños desde pequeños y, claro, seis horas sentados oyendo una voz monótona acaba con su paciencia. Ken Robinson dijo algo muy certero, y es que “la escuela mata la creatividad. No hay otro sitio donde un niño pase más tiempo que en el colegio y donde menos se le deje interactuar con los que están a su alrededor”.

Se han incrementado las competencias curriculares de cada curso, es decir, lo que antes se exigía en 3º de primaria, ahora se exige en 2º. Y así están, niños de 7 u 8 años dedicando hasta 4 horas cada tarde haciendo deberes. Las mates, la lengua, la geografía y el inglés se imponen; los niños “aprenden” ejercicios de manera mecánica hasta que llega un momento en que las nuevas exigencias de la educación secundaria chocan con graves carencias que venían arrastrando desde años antes. Es ahí cuando les culpamos y les ponemos la etiqueta tan demoledora de “fracasado escolar”. Cuando llegan problemas de conducta, adolescentes conflictivos, p. ej., la tendencia es a pasárselos mutuamente, como una pelota, del colegio a la familia (diciendo que ésta es la culpable) y de la familia al colegio (alegando que es ahí donde les deben educar). ¿El resultado? Un chico/a de 14 años que no encuentra a nadie que tenga tiempo para atenderle.

Los cambios sociales y de la infancia deben suponer un reto para que los profesores se adapten, al igual que en otras profesiones hacen los llamados cursos de “reciclaje”. Los niños de ahora no son los niños de antes. Requieren actualizar nuestras habilidades. Es labor nuestra, como educadores, que maestros, familias, psicólogos, pedagogos, etc., hagamos que lleguen a una buena juventud y edad adulta.

A veces se nos olvida el objetivo último de nuestra profesión y no nos damos cuenta de que ante un alumno problemático es cuando nosotros debemos trabajar como es debido.

A. Amores

Colaborador de CENIT Psicología

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