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Las rabietas de mi hijo

Muchos padres piden consejo psicológico porque no saben cómo manejar las rabietas de sus hijos. Calma. Debemos saber que las rabietas son algo evolutivo, y que al igual que el niño las empieza a manifestar sobre los 3 años, las dejará de hacer a partir de los 5 o 6. En ese tiempo, estará actuando el estilo de educación que le demos los adultos.

Son, además, una cuestión instrumental: el niño las suele hacer para conseguir algo. Nuestra labor debe ser demostrarle que, precisamente con un berrinche, no conseguirá nada. Es una parte de la educación como padres.

Pero, ¿qué suele conseguir con ellas? Porque si las ha hecho más de una vez, será porque le han servido para algo.

Pensemos en si cada vez que se enrabieta, nuestra hijo/a consigue salirse con la suya (acabamos cediendo para que no grite más) o sale perjudicado (le castigamos). Una vez que nos hemos dado cuenta de esto, lo importante será lo que hagamos de ahora en adelante para solucionarlo.

Posiblemente, las técnicas psicológicas más eficaces las apliquemos habitualmente sin darnos cuenta. El motivo por el cual no nos funcionan puede ser, únicamente, porque no seamos consistentes en la manera de aplicarlas y nos acabemos rindiendo.

Para que una conducta deje de manifestarse debemos extinguirla. Consiste, ni más ni menos, que en ignorarla por completo cada vez que ocurra. Debemos ignorarla siempre, porque si en algún momento le hacemos caso, la estaremos reforzando de manera intermitente y será más complicado conseguir que desaparezca.

Como todos sabemos, basta que le intentes ignorar para que lo haga más fuerte o chille más alto. Es algo normal. Se denomina Estallido de respuesta y ocurre porque, a fin de cuentas, está acostumbrado a conseguir algo con sus rabietas y, de repente, deja de conseguirlo. Paciencia, si lo seguimos ignorando, al poco rato desaparecerá y será menos probable que las repita más adelante. Ojo, pero no imposible.

Mientras tanto, debemos recompensarle de manera positiva cuando se relaje, para que aprenda que los comportamientos de portarse bien y calmarse tienen consecuencias positivas.

Si la rabieta vuelve a aparecer, haremos lo mismo: ignoramos, aunque suba de intensidad, hasta que se calme y, ahí, le reforzamos. Es necesario que comprenda por qué es recompensado, para que no se confunda. Es muy útil señalar explícitamente el motivo por el que le recompensamos, por ejemplo: “como ya te has calmado, podemos jugar con ese juguete”. Lo peor que podemos hacer es gritarle.

A.Amores

Colaborador de CENIT Psicología

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